December 5, 2021

Gizeh Arnaud Castañeda Toledo Gestor cultural, Historiador del Arte por la UNMSM, artesano orfebre, y fotógrafo.

10 min read

Todo comenzó hace 24 años, en un Perú, distinto al de hoy. En un mundo distinto al de hoy. Estaba en una playa al sur de Lima con amigos, cuando vi un artesano vendiendo manualidades. El artesano conversaba con una chica a quien trenzaba el cabello con hilos de colores. Este contaba sobre cómo era viajar vendiendo artesanías por festivales en todo el mundo. Contaba que el negocio era pasar por Tailandia e India comprando piedras que luego trabajaba en plata con motivos andinos y los llevaba a Europa a vender. Y así podías viajar haciendo artesanías, y vendiendo tus trabajos y arte. El Perú en el que vivía a mis 17 años era una historia llena de mezquindades e imposibilidades.

Lleno de las palabras contadas por el artesano, que retumbaban en mi cabeza una y otra vez, pasó lo único que podía pasar: ponerme la mochila, coger los documentos que había y tomar lo que quedaba de valor dentro de uno para salir tras la realización de esos anhelos que eran ecos dentro mío. Pasaron muchas cosas hasta que pude verme como el artesano que conocí aquella tarde en la playa al sur de Lima. Fue un momento que aún no reconozco como llegó, pero me encontraba ahí en Brasil, en las playas de Rio de Janeiro vendiendo mis trabajos en plata, con piedras del Perú, y haciendo decenas de trenzas con hilos de colores, mientras hablaba de mi país y su cultura. Al pasar los años, mi trabajo como artesano y joyero fue evolucionando, al visitar lugares como Buenos Aires, Montevideo, Santiago de Chile, Sao Paulo; quedé sorprendido por las dimensiones de sus ciudades y la sofisticación del arte y la moda. Las nuevas técnicas en la platería a la que sumaba la filigrana y los engarces.

Quedé sorprendido del sistema de ferias y como estas ferias contenedoras de manifestaciones culturales, eran espacios en el que se realizaban sinergias muy interesantes entre cultura tradicional y las visiones modernas del arte. Un intento interesante por donde viera de revalorización de lo autóctono, de lo nativo, de lo indígena con la interpretación contemporánea de la gente de las ciudades. Las calles y ferias de este continente están llenos de artistas y arte. De tradiciones, comidas, olores, sonidos, danzas, reclamos sociales que se escuchan a viva voz por sus calles. Los artesanos, como los de mi generación que se sentían apátridas y libres, tomamos por asalto las calles con nuestra forma de arte y en estos espacios revalorizábamos todo lo que como identidad traíamos de nuestros paises. Y el Perú nunca queda de lado o desapercibido; ¡qué fiesta de identidades, que necesidad de romper fronteras y hacer de las calles espacios públicos donde manifestarse! Fue hermoso e inspirador. Hasta que sentí que las ferias y las calles, no eran suficientes. Quería entender el rol que tenían los artesanos, los artistas tradicionales y que tienen todo un sentido sobre la estética, el sincretismo cultural, la identidad y el existir dentro de sus comunidades; era una obligación.

Volví al Perú luego de algunos años, y me reencontré con un país distinto y que, sin darme cuenta había extrañado. Y pasó otro momento que marcaría para siempre mi vida. Ingresé a la Universidad Nacional Mayor de San Marcos, estudié Historia del Arte, encontré respuestas, y viajé a lugares en tiempos pasados y futuros. Encontré otro tipo de aventureros que se paraban cada día frente a sus alumnos a Entregan todo. Para la época de la universidad, mi viaje previo como artesano fue tomando sentido con los libros, las palabras y los maestros. Me di cuenta que había recorrido tantos lugares ignorando todo sobre ellos y ahora como en un dejavu algo extraño, en las aulas pasaban frente a mis ojos en diapositivas, lugares, manifestaciones culturales, arte; todo aquello que había visto viajando ahora se mostraba con la explicación de que es la herencia de las tradiciones y la cultura, de sus orígenes, sentidos y de la filosofía que los justifica. Y volví a sentir esa chispa existencial que empuja la vida hacia adelante. Escuchaba a mi maestra de la universidad hablar sobre como la textilería en el mundo andino fue el primer intento de organizar el universo.

El caos organizado a través de hilos verticales en forma de urdimbre e hilos horizontales que suben y bajan en forma de trama dando cuadratura al espacio vacío, dando existencia ahí donde antes no había nada. De ello han pasado 5 mil años. Mis ojos se cerraron e inmediatamente me trasladé a la puna andina, donde en el reflejo de una laguna podía ver la vía láctea, y mientras absorto observaba el cielo, sentía el caminar y las sombras de las vicuñas, alpacas y llamas. Todo empezaba ahí arriba, hace 5 mil años, intentando domesticar a los camélidos, para luego descubrir la textilería y con ello empezar un largo camino de expresión, codificación y simbolismo para los pueblos que viven en las alturas y punas de los andes peruanos. Al abrir los ojos, me encontré subiendo con mi motocicleta hacia esas punas y lagunas buscando a las herederas tejedoras, que como hace 5 mil años hasta hoy, llenan el vacío y organizan el caos con sus manos mediante la textilería y su iconografía que nos habla del paisaje, ese por donde entre las montañas sale el sol y en cuyas paredes verticales siembran maíz y papa; ahí donde viven los animales que explican con mitos sus orígenes ancestrales y su relación con el entorno. Encontré en las maestras tejedoras y la textilería del distrito de Pitumarca en Cusco, más que mi tesis, un compendio que me permitió entender cómo ven su entrono las mujeres y hombres andinos, que además han creado por miles de años, técnicas de tejido que representan y permiten narrar historias de cómo se vive en este entorno natural, junto a los demás seres que les rodean, que son hermanos de existencia.

Y así es esta aventura en la que la curiosidad se sacia solo con buscar. Y buscando encontré una hermosa comunidad nativa amazónica, ubicada en el centro de la ciudad de Lima. La comunidad Shipibo Konibo de Cantagallo. En mi afán de hacer un catálogo iconográfico sobre textiles amazónicos, me encontré con la ayuda y cariño de seis madres artesanas, que durante un año cada sábado, me recibían en sus cabañas para contarme sobre el nombre y significado de tal o cual motivo iconografico. Olinda Silvano, Sadith Silvano, Dora Imuna, Wilma Maynas, Silvia Ricopa e Idania Vallés. Una tarde en casa de Olinda Silvano, un error técnico en la cámara de grabación hizo que la filmación saliera sin audio. Esta filmación era de ella cantando mientras pintaba sobre una tela unos motivos geométricos. Al llegar a casa esa tarde me di con la sorpresa de no tener el audio. En mi siguiente visita busqué a Olinda y al comentarle que no tenía el audio le solicité que cantara nuevamente la melodía. Grande fue mi sorpresa cuando me dijo que ya no recordaba cual canción era. “Estas canciones son del momento, no se repiten, no se memorizan, solo salen”. Ante esa respuesta intenté recordar la melodía, hasta que vi la manta que había estado pintando mientras cantaba. Estaba colgada en la pared, se la señalé, como un ejercicio para ayudarla a recordar e inmediatamente ella se puso de pie y acercándose a la manta comenzó a recordar la melodía que minutos antes no recordaba. Fue una sorpresa, una casualidad, entender que estas mantas pintadas y bordadas actúan en forma de partituras o memorias sobre melodías que se componen mientras se trabaja y decora la tela. Que las telas y sus motivos iconográficos podían cantarse. Al entrevistar a las demás señoras encontré un patrón en cuanto que todas sabían cantar su iconografía, y cada una tenía un estilo propio.

De esta aventura con los Cantos del Kené, se grabó un disco, se musicalizaron las melodías cantadas bajo la dirección del músico e historiador Jorge Obando Manayay. Un trabajo que está es Spotify y otras redes, que además es de libre acceso para todos. Este 2021, de vuelta en el Cusco, inicié un nuevo proyecto: Paisaje Cultural Sonoro. Que pretende ser una plataforma que recoja melodías y videos sobre manifestaciones culturales musicales y de danza; siendo estas composiciones autóctonas ambientalizadas con sonidos de su entorno humano y natural. Ello que denominamos un paisaje cultural, pero que esta vez hace énfasis en mostrar el entorno en el que la manifestación se da, ese contexto natural y cultural que lo recibe y hace posible. Este trabajo fue realizado junto al músico y comunicador social Cesar Gustavo Gálvez Portocarrero. Durante la investigación de Paisaje Cultural Sonoro, pudimos encontrar diferentes grupos de danza y musica tradicional que actúan como agentes necesarios para el desarrollo de la festividad o tradición a celebrar en sus comunidades. Agentes que forman parte importante de sus sociedades y portan todo un bagaje de contenidos culturales. Con este proyecto nos dimos cuenta que el génesis de toda esta maquinaría de producción artística está relacionada y existe porque hay una celebración que la necesita y moviliza.

Por ejemplo, los carnavales en el Cusco, tienen significados similares, pero formas propias en cada comunidad. En cada comunidad los textiles y colores difieren, los motivos iconográficos, las formas de usar las prendas, la musica y las coreografías son distintas y particulares. Entendimos que cada artesano, músico, lutier, danzante, cantante, formaba parte de una maquinaria cultural que solo existe si la festividad se celebra. Que los valores estéticos de los pueblos agrícolas y andinos, están presentes desde el hilado de la fibra con que se tejerán las vestimentas, el joyero o sombrerero, que realiza tal o cual parte o accesorio de un vestuario que debe lucir todas sus galas y resaltar la belleza del ser andino. Entender que sus rostros tienen matices distintos y poseen una belleza propia y única. Que los colores que usan tiene que ver con los colores del arcoíris que significa la llegada de las lluvias y con esto la alegría que da la fertilidad y la abundancia tanto en las plantas, animales y seres humanos. Ver como los Q’enqos del valle del Ausangate en Pitumarca, con sus Pinkullos o quenas, buscan melodías que al ser cantadas por las mujeres y danzadas por los demas miembros del elenco, buscan atraer como un ritual a las nubes, los rayos, las lluvias y con eso iniciar este proceso de fertilidad que solo el agua puede traer al campo. Ver al Ayllu Maqquera del distrito de Coporaque en Espinar, engalanar a sus solteros con más de 50 kilos de lanas rojas, como fajas al torso, para mostrar con ello fortaleza y fiereza, como lo haría en la puna una alpaca macho con abundante lana mostrando superioridad y virilidad.

O las mujeres cantando durante el casamiento de los animales, porque en los carnavales, la abundancia es para toda la naturaleza: los animales, los hombres y las plantas. Luego de meditar sobre estos años de viajes y búsquedas, encuentro un mundo distinto a cuando empecé con esta aventura. Uno con menos libertades, con más enfermedades, con más desigualdades, con más necesidad de humanizarnos y reconocernos en el otro. Ahora que me vuelco a lo más recóndito de la cultura de mi país, me doy cuenta de la necesidad universal de recuperar la cultura de los pueblos para todos. De mostrar como aún perviven formas de existencia profundamente ligadas a la celebración del entorno. Un entorno que habla de la vida, de la ritualidad, de la humana necesidad de organizar el caos y darle luz a la oscuridad. Desde un atuendo textil, a un objeto cerámico, una joya, la interpretación de una melodía e instrumento musical; hasta la comprensión de la belleza y la razón de ser de estos elementos que son formas de expresión que no podemos obviar, relegar o simplemente ocultar. Creo como conclusión a este texto reflexivo, que la supervivencia de las manifestaciones culturales, está en cuidarlas aceptando las inevitables trasformaciones que se dan con el tiempo. Guardando memoria de cómo se inició y cómo evoluciona. Es hora de equiparar la relación que hay entre el arte académico y las manifestaciones culturales populares. Es tiempo de reconocer que mucho de lo que hoy el mundo muestra como arte es propio de los pueblos originarios, que volteamos a verlos maravillados en una foto o un documental, pero que fuera de ello nos interesamos muy poco por conocer, entender y hacer algo más allá que asombrarnos. Los proyectos del cual les hablo, son parte de una necesidad, ya no por comprender, sino por regístralos, catalogarlos y mostrarlos a los demás. Aún hay mucho por buscar, ver, disfrutar, cuidar y respetar. Los invito a acompañarnos, mientras, hasta la próxima aventura cultural.

Photos by Gizeh Castañeda Toledo

09.11.2021 Stockholm

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